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Quienes no somos abogados vocacionales, pero a pesar de ello llevamos ya casi treinta años ejerciendo esta profesión, debemos reconocer la influencia que pudo haber tenido en todos nosotros el personaje de Cosme Fernández en la serie de televisión de los mediados de los años 80, “Turno de oficio”, y que tan magistralmente supieron crear tres genios del guion y la dirección como Manolo Majtí, Horacio Valcárcel y Antonio Mercero.

La serie estaba protagonizada por Cosme,  un personaje entrañable, encarnado magistralmente por Juan Echanove que vivía en su casa de la calle Alfonso XII de Madrid, y que se pasaba el día bajo el retrato de su padre (Notario) y que le condicionaba incluso ya muerto para que preparara la oposición de notarías. Cosme vivía con su madre (la maravillosa Irene Gutiérrez Caba), quien le recordaba constantemente que su padre mientras preparó la oposición sólo salía una tarde a la semana, y tenía una novia guapísima (Adriana Ozores), pero de carácter difícil que no le ayudaba en el día a día precisamente.

Y en esto que un día, después de recitar el temario en a su preparador y discutir con su novia, se plantó en un bar de la calle Orense y se despachó veintisiete copas, una detrás de otra, y claro, después de semejante episodio, no es extraño que se enzarzara en una pelea que acabara con su cuerpo en el cuartelillo, prestando declaración.

Y fue durante ese trámite, cuando dijo que en realidad el no estaba borracho, que “lo que tenía era un pedete lúcido”.

Como consecuencia de ser detenido, es asistido por Eva a la que da vida Carme Elías (que encarnaba una abogada de talento, personalidad y feminista, propia de la época). En el juicio sería defendido  por el abogado Juan Luis Funes (“El Chepa”) encarnado por el genial Juan Luis Galiardo (el abogado que casi todos queríamos ser y que gastaba astucia, veteranía, sensibilidad y vicio por partes iguales).

Fue en ese momento, tras ese “pedete lúcido”, cuando Cosme se olvidó de la oposición, de su preparador, del cuadro de su padre, y se hizo abogado. Abogado del Turno de oficio.

El turno de oficio es el servicio prestado por un abogado (vinculado a ese servicio) a un ciudadano, al que defiende sin coste para él, ante un Tribunal de Justicia.

Como servicio público que es, pretende satisfacer un derecho fundamental a los que me referí en mi entrada anterior. El derecho a la tutela judicial efectiva.

La tutela judicial efectiva, comprende una serie de derechos: derecho a acceder a los tribunales para que resuelvan un conflicto, derecho a obtener una resolución argumentada que resuelva el litigio, derecho a ejercitar los recursos previstos, y derecho a no resultar indefenso. Lo recoge nuestra Constitución en el artículo 24.

El derecho a la defensa gratuita por el abogado de oficio, lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la Convención Europea de Derechos Humanos y la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, entre otros muchos textos internacionales.

El derecho a la asistencia jurídica gratuita está recogido también en nuestra constitución, en el artículo 119.

El abogado del turno de oficio es un recurso esencial para que el ciudadano que carezca de recursos económicos para acceder a los tribunales en defensa de sus derechos, pueda hacerlo con las máximas garantías de igualdad e independencia, de tal manera que se respete su derecho a la defensa.

En el ejercicio del derecho penal, los abogados del turno de oficio cubrimos las necesidades del ciudadano sin recursos económicos, bajo tutela policial, penitenciaria, o sometidos al proceso penal, de tal manera que nuestra misión es garantizar que  el derecho a la tutela judicial efectiva se vea salvaguardado.

Por tanto, es un servicio público prestado por abogados, como consecuencia de la obligación del Estado de atender a quienes tienen la necesidad de pedir justicia, pero que carecen del mínimo indispensable para hacer frente a los gastos del proceso judicial. Se articula como un pilar básico del Estado de bienestar y de cualquier estado democrático y de derecho. Y somos los abogados que estamos adscritos al turno de oficio (adscripción que es absolutamente voluntaria), quienes vertebramos ese servicio público, destinado a garantizar la defensa de los derechos y libertades de las personas.

En treinta años de ejercicio profesional, ha sido mi participación en el turno de oficio lo que me ha permitido tomar un contacto directo con la realidad que me envuelve, al atender a situaciones de vulnerabilidad que afectan a sectores de la población absolutamente desamparados, y cuyos derechos, hoy en día, siguen siendo cuestionados y poco respetados.

Y es que no ha habido día de guardia en el que no me haya sentido útil e importante al ser consciente que cualquier defensa que se me pudiera encomendar es una auténtica misión en el sentido más aventurero de la palabra.

Las togas por aquél entonces pesaban mucho, parecían que tenían vida propia. Daban un calor insoportable, sobre todo en meses como este Julio. Olían mal, y andaban solas, pero tenían efectos mágicos sobre mí y sobre todos mis compañeros/as que nos sentíamos protagonistas en una época en la que había mucho que hacer y mucho que plantear para que se respetaran los derechos fundamentales de personas situadas en la más absoluta marginalidad.

Hoy las togas son más livianas y no dan tanto calor; pero siguen pesando exactamente igual y generan esos mismos efectos mágicos cuando nos las ponemos para defender los derechos de una persona dependiente, de un toxicómano, de un migrante o refugiado, o de un pensionista.

Esos efectos nos siguen moviendo la ilusión del ejercicio profesional defendiendo causas, Soy abogado, y no he dejado jamás de defender causas pobres y perdidas, causas que al final se han convertido en causas tremendamente enriquecedoras y de las que siempre he ganado algo y me han enriquecido como persona. Y eso me lo ha dado el turno de oficio, en mucha mayor medida que otro tipo de encargos profesionales, mejor retribuidos quizá pero menos gratificantes a nivel humano y emocional.

El abogado adscrito al turno de oficio, en contra de la opinión generalizada, no es un abogado inexperto. De hecho, la media de experiencia profesional de los abogados de oficio es de trece años y una edad de 41,5 años.

Tampoco es correcto pensar de modo generalizado que el abogado de oficio no se toma interés por los asuntos en los que debe intervenir. Su vinculación al turno es absolutamente voluntaria, por lo que, si no tuviera interés en las defensas que se le puedan encomendar, lo lógico es pensar que no formaría parte de los más de 51.000 abogados que formamos parte de él, y que, seguro, en su gran mayoría sentimos la necesidad de servir a la comunidad de tal manera que podamos aportar algo de ciencia y de conocimiento para que el número de injusticias descienda.

El abogado de oficio realiza una labor o función social de apoyo al prójimo para devolver a la sociedad lo mucho que nos da, trabajando para que se pueda cumplir con el derecho constitucional a la tutela judicial efectiva, a la defensa y a la asistencia jurídica gratuita. Y en este sentido, la sensación de poder ayudar a alguien resolver un problema o prevenir para que se evite es quizá de las más gratificantes que he experimentado durante estos treinta años en el turno de oficio; ganando o perdiendo, pero con absoluta dignidad y entrega.

Es una sensación como la de ese “pedete lúcido” que tuvo Cosme y que le llevó a dejar de preparar la oposición y ser abogado, del turno de oficio.

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