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Alguna vez te has  hecho esta pregunta?

 

Muchas veces  siendo niño, tras haber hecho algo que sabía que no estaba bien, y ante la posible reprimenda de mis padres, les decía: “Yo no lo he hecho”. “Ha sido él”, “no es verdad”… Yo era  perfectamente consciente de mis actos, de que lo hecho estaba mal, y de que me merecía el castigo que pretendía evitar.

 

Me estaba defendiendo, y llegaba a  mentir para evitar las consecuencias que no iba a ser  sino el más liviano de los posibles castigos. A veces, además, buscaba alguien que refrendara mi mentira y que me ayudara a argumentar mi versión  de los hechos.

 

Nos defendemos porque tenemos miedo de las consecuencias que provoca no respetar la norma. El miedo juega un papel fundamental en esa necesidad (la de defendernos), entendida como reacción natural al castigo, que no queremos que se nos aplique o que, como mal menor, pretendemos sea lo más leve posible.

 

Defenderse por tanto es una reacción natural que todos debemos entender y que nunca debería ponerse en tela de juicio.

 

Esa necesidad es la que determinó la aparición de  la profesión de abogar, en el sentido de defender, interceder o hablar a favor de quien precisa ser defendido. En algunas civilizaciones (la egipcia o la griega) no estaba bien vista al considerar peligroso que personas hábiles en el arte de la oratoria, pudieran seducir a los jefes (muchas veces en realidad se buscaba conmover y no convencer), por lo que eran los propios interesados quienes debían defender sus tesis o justificaciones (aunque hay tratadistas que consideran a Pericles el primer abogado profesional).

 

Fue durante el imperio romano cuando la profesión de abogar adquirió entidad propia. De hecho, a los patricios romanos les correspondía la obligación de defender a los suyos ante los tribunales, obligación que se tornó compleja cuando el desarrollo de la ciencia jurídica exigió la formación de expertos que asumieran ese cometido.

 

 

Por tanto, todos nos defendemos. Y todos queremos defendernos de la mejor manera posible para que las consecuencias de nuestros actos nos generen el mínimo perjuicio. Nos defendemos de hechos, y nos defendemos exigiendo el respeto a los derechos que se nos reconocen en las leyes.

 

Por tanto, si en algún momento nos vemos obligados a defendernos y a exigir respeto a los derechos que las leyes nos reconocen, es razonable solicitar auxilio al abogado, del mismo modo que lo hacemos ante el temor de que la enfermedad avance, y acudimos al médico.

 

Abogar es necesario. Y el respeto al que ejerce la profesión debe ser el máximo.

 

Mi mejor abogado fue mi hermano, que se deshizo en argumentos para  defenderme a pesar de que realmente me había llevado un compás que no era mío. El juez le creyó y decretó mi inocencia. Sin embargo, al día siguiente  yo dejaba el compás en el pupitre de su dueño.

 

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