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La injusticia, siempre mala, es horrible ejercida contra un desdichado”.

Concepción Arenal.

 

 

 

Antes de empezar a ser abogado quiero que sepas que vas a iniciar un camino apasionante. Responder a la llamada de la vocación es un buen inicio, pero aunque no sea así (soy un ejemplo de abogado no vocacional), es más que posible que a los pocos pasos te sientas atrapado en un mundo absorbente, lleno de emociones y adrenalina. Pocas veces he tenido más satisfacciones que cuando he defendido derechos que he creído justos y de necesario reconocimiento, y pocas veces me he sentido más defraudado que cuando no me han dado la razón, estando convencido de que la tenía.

 

Alguna vez escuché de un compañero, por aquél entonces ya veterano, que un abogado que presenta una demanda (se refería al orden civil), nunca la debería perder. Sin embargo, ese no es nuestro terreno de juego. Mis alumnos de la Facultad de Derecho de la UIB me han escuchado decir en alguna ocasión que el nuestro, el derecho penal es un “derecho de perdedores”, y a medida que crezco en la profesión me ratifico en esa idea.

 

Estamos al lado del quien “tiene las de perder”, de quien presuntamente ha quebrantado el orden social y es acusado por ello. Por eso llamo al derecho penal “ apasionante derecho de perdedores”.

 

No pretendo que se nos reconozca nada ni que nadie sienta compasión de nosotros por estar al lado de los presuntos. Es inevitable que, alguna vez alguien tenga ese pensamiento y te lo transmita; si es así, recházalo. Cuando defendemos estamos al lado de una persona que tiene los mismos derechos y obligaciones, que quien le  juzga o  le acusa. Esa es la respuesta que doy a la reiterada pregunta de “cómo puedes defender a un culpable”?  Te cansarás de escuchar la pregunta, pero no te canses de dar la respuesta, rechazando cualquier atisbo de compasión.

 

          Tomar consciencia de  que defiendes a una persona. Creo que ahí radica algo del secreto del buen abogado penalista. Olvidarte de los prejuicios y sentirte actor protagonista de un juicio justo.  Date importancia, si tú no estás, la baraja no está completa y no se puede jugar la partida de la Justicia.

 

En nuestro terreno la frustración no ha de ser consecuencia del resultado, como si puede suceder en otros órdenes jurisdiccionales. No quiero decir que el resultado no nos importe, todo lo contrario; es difícil admitir que no te dan la razón cuando has expuesto con pleno convencimiento tu tesis (en ese momento te sientes un autentico perdedor). Sin embargo, poder exponerla y hacerlo con sentido y rigor, forma parte del éxito de nuestro trabajo.  La frustración sólo puede ser consecuencia de la poca implicación profesional, ofreciendo todos los posibles puntos de vista para que se tome una decisión razonada y razonable. A partir de ese momento, quien tiene las de perder, ha ganado, aunque la condena sea permanente y revisable.

 

Por eso disfrutamos de los éxitos, porque en términos absolutos son muy pocos. Nos aplaudimos y regocijamos cuando la sentencia es absolutoria y se reconoce la inocencia de nuestro cliente, aunque sea culpable. Son momentos de auténtico éxtasis, y por vivirlos vale la pena el ejercicio de la profesión. Tomamos consciencia real de lo que es el Estado de Derecho, y participamos del mismo, con sus virtudes e imperfecciones.

 

Y si antes de entrar en la Sala de Vistas, notas el estómago, o te duele no te asustes; es más preocúpate cuando no tengas esa sensación. Es la señal inequívoca de que algo no va bien y que el aúrea de la rutina te empieza a envolver. Ese si es un peligro real que debes evitar, porque no hay persona igual, y por tanto no existe el mismo caso. Si tu trabajo se convierte en rutina serás tu el perdedor, tanto o más que el cliente.

 

 

Coge la Toga y pronuncia las palabras mágicas: “con la venia”. En ese momento la Sala es tuya, y el mundo está en tus manos. Te sentirás como Gregory Peck persiguiendo a Ann Blyth en la película de Raoul Walsh. Tu aventura se parecerá a la suya, sólo que en tierra, manejando el  timón de la ley y marcando el rumbo de la justicia.

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