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“Salvajes de una nueva época” es el título de una magnífica obra que publicó Carlos Granés hace aproximadamente dos años en el que disecciona con absoluta precisión las relaciones entre el arte, el capitalismo y la política, Granés escribe lo siguiente:

La gracia del arte radica en que es la actividad libre por excelencia, pero esta actividad libérrima y creativa, ha sido rondada permanentemente por dos amantes peligrosas: la política y el capitalismo. Éstas han tratado de multiplicar sus fuerzas fundiéndose con ella. La sociedad del espectáculo ha dado paso a la espectacularización de la sociedad. Cada vez es más difícil encontrar espectáculo en las corrientes del arte de hoy, que no pueden lograr visibilidad e impacto, sin ser fagocitadas por los rituales de la apropiación indebida de las políticas dominantes. La política ha pasado a ocupar el espacio de desafío performativo, que mantenía el arte hasta finales del siglo XX, y el arte cada vez más deprisa acampa en las tiendas de souvenirs. La extrema izquierda y la extrema derecha actúan como la contracultura de hoy (…). En la gallera política de hoy solo hay premeditación, estrategia e intereses creados (…). La política ahora ocupa el lugar de los bárbaros, de una manera chusca y enemiga de una moral decente. Demasiados políticos, y la extensión de su reflejo en las grandes corporaciones. Ellos son los salvajes de una nueva época”.

Desgraciadamente la realidad que vivimos todos los días da la razón a tan magnífico texto. Hace unos días Madrid apareció cubierta de propaganda electoral del partido polìtico Vox, en la que una foto de un joven encapuchado con aspecto amenazante, aparece frente a una señora de avanzada edad, junto al mensaje “Un MENA, 4.700 euros al mes. Tu abuela 426 euros de pensión/mes.

La publicación de esa propaganda electoral provocó que la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid denunciara ese hecho ante el juzgado de guardia por la comisión de un posible delito de odio. Ignoro si los responsables de campaña de ese partido político eran conscientes de las consecuencias de sus actos; de lo que si estoy seguro es que han pretendido expresar una barbaridad, para llamar la atención y obtener un rédito político, y es que, como dice Carlos Granés, de la nada al Parlamento hoy se puede llegar de esta forma, con tres tweets. Hoy es fácil desacralizar lo sagrado para llamar la atención. Bolsonaro lo hizo al reivindicar la tortura para obtener un éxito mediático que consiguió al constituirse trending topic con unas palabras execrables.

¿Tiene sentido la denuncia de la Fiscalía? ¿Podemos hablar en este caso de la comisión de un delito de odio?

Para hablar de delito de odio, debemos aclarar qué es discurso del odio.

En el año 2015 la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia publicó la Recomendación de Política General 15, relativa a la lucha contra el discurso del odio definiéndolo como:

Aquél que fomenta, promociona o instiga  en cualquiera de sus formas, el odio, la humillación, o el menosprecio de una persona o grupo de personas, así como el acoso, descrédito, difusión de estereotipos negativos, estigmatización o amenaza con respecto de dicha persona o grupos de personas y la justificación de esas manifestaciones por razones de raza, color, ascendencia, origen nacional o étnico, edad, discapacidad, lengua, religión, o creencia, sexo, género, identidad de género, orientación sexual u otras características o condiciones personales.

 No todo discurso del odio es constitutivo de delito de odio.

El discurso del odio es un fenómeno distinto, más amplio y en todo caso, presupuesto del delito de odio, que legitima la incriminación de la agitación propagandística del odio,

La categorización del discurso del odio pretende neutralizar el envenenamiento del espacio público mediante discursos que tienen a negar la igual dignidad de las personas, sugiriendo que hay personas de primera categoría, y otras de segunda, superiores e inferiores, preparando un clima previo al de enfrentamiento comunitario, la discriminación o la eliminación de colectivos. Ese envenenamiento se detecta en la existencia de elementos tendenciales tales como la incitación a la violencia, la discriminación o la intolerancia.

El artículo 510.1.a) del código penal establece que se condenará con penas de 1 a 4 años de prisión a quienes públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación, o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquél, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad.

Comete un delito de odio, quien articula un discurso de odio de tal manera que lo promueve, provocando la hostilidad o la discriminación contra las personas que forman parte de un grupo diana, por una serie de motivos, ya sea de tipo racistas, sexistas, religiosos, etc…

El artículo 510.1.b) del código penal castiga con idénticas penas a quienes distribuyan materiales que fomenten el odio y la discriminación.

La propaganda electoral de Vox muestra la imagen de una persona joven, encapuchada, con una mirada intimidante, con la intención, a mi juicio, de asociar a los menores extranjeros con la delincuencia. No es una fotografía inocente. En mi opinión, no se pretende sólo aportar una información, que parece ser no es correcta según informan Jairo Vargas y Celia Vasco . El lema, pretende generar la idea de que las miserias económicas de nuestros mayores se deben a este colectivo que vienen a hacer uso y disfrutar de nuestros recursos. La vinculación de estas dos ideas (los menores extranjeros son delincuentes y vienen a privarnos de nuestra riqueza) es perfecta para generar u clima de odio, discriminación y violencia hacia cualquier persona joven y extranjera.

Esas palabras no están amparadas por la libertad de expresión. ¿Cuál es la razón de ello? Lo ha expresado  el Tribunal Constitucional, por ejemplo en la Sentencia de fecha 9 de febrero de 2018 en la que sentó la doctrina de que para que se entienda realizado el delito de odio basta la generación de un peligro que se concreta en el mensaje con un contenido propio de del “discurso del odio” que lleva implícito el peligro. El tipo penal requiere para su aplicación la constatación de la realización de unas ofensas incluidas en el discurso del odio, pues esa inclusión ya supone la realización de una conducta que provoca, directa o indirectamente, sentimientos de odio, violencia o de discriminación.

 El delito de odio se aprobó para proteger a una serie de minorías, que históricamente han sido perseguidas o discriminadas, como pueden ser los menores de origen extranjero que no están acompañados por ningún adulto en su devenir de cada día. Por eso yo creo que la campaña electoral de Vox debe ser investigada y deberían exigirse responsabilidades a quienes la han promovido como presuntos responsables de un delito de odio. Expreso mi convencimiento con plena consciencia de que el Juzgado de Guardia de Madrid, no consideró necesario retirar la cartelería a la que me refiero; es obvio que no estoy de acuerdo con esa decisión.

Los promotores de esta campaña publicitaria son salvajes y dan vueltas por un camino salvaje, pero no el que nos contó Lou Reed, dándonos a conocer las andanzas de Holly,  que atravesó todo Estados unidos a dedo,  Candy que vino fuera de la isla y era la querida de todos en los bares, Sugar Plum, que vino a patear la ciudad buscando comida para el alma y un lugar donde comer, el pequeño Joe, que nunca regaló nada, o Jackie, o todos aquellos que escuchaban a las chicas de color.

Ojalá los autores de esa campaña hubieran transitado por el “camino salvaje” que recorrieron los protagonistas de la historia cantada en “walk on the wild side”. Sin embargo, se limitan a ser salvajes. Los salvajes de una nueva época.

 

 

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