Las violaciones de Mazán (El caso Pelicot)

El mundo del  derecho nos proporciona grandes lecciones y profundos motivos para reflexionar, sin que para ello tengamos que conocer el código civil, el código penal o las leyes de procedimiento. Lo podemos comprobar siempre que asistimos a determinados procesos que son capaces de provocar un cambio de paradigma, una auténtica transformación de dimensiones insospechadas. Ha vuelto a ocurrir con las violaciones de Mazan; el caso Pelicot.

El juicio Pelicot debe ocupar un lugar destacado a la hora de fijar la lista de procesos judiciales trascendentes para la historia de la humanidad.

Y  debe estarlo porque supone un antes y un después a nivel global, al mostrar el rostro de una persona que debe ser considerada icono de la integridad y la grandeza, a pesar de ser una víctima de hechos atroces.

En 2020 un hombre fue detenido en Francia por grabar debajo de la falda a mujeres en un supermercado. A raíz de ese hecho concreto, se descubrió que Dominique (así se llama) que aparentaba mantener una relación matrimonial feliz con su esposa, Gisèle, desde 2011 había consentido que terceras personas violaran de manera sistemática a su mujer, tras drogarla con alta dosis de ansiolíticos que le dejaban en un estado de inconsciencia.

50 hombres de toda condición y edad violaron sistemáticamente a Gisèle Pelicot, justificando en el juicio que creían que eran unas prácticas consentidas. Esa versión fue desmentida por el propio Dominique Pelicot, quien públicamente rechazó que desconociesen que Gisèle desconocía esas prácticas.

 

¿Qué nos ha enseñado el caso Pelicot?

Primera lección: Hay otras maneras de evitar la revictimización que no sea esconderse y permanecer en el anonimato.

El paso al frente que dio Gisele Pelicot, cuando decide hacer público su rostro y permitir que el juicio se celebrara a puerta abierta, de testificar y presenciar las grabaciones de sus propias violaciones, ha servido para vislumbrar que el ejercicio de determinados valores como la dignidad, es un modo de evitar la doble condición de víctima. Quizá no al alcance de todo el mundo, es cierto; pero es un digno modo de evitar la revictimización.

El paso que dio Gisèle, pronunciando la expresión “que la vergüenza cambie de bando” (frase pronunciada por Gisèle Halimi) supone exigir que las víctimas sean eximidas de cualquier clase de culpa. La culpa, triste es recordarlo, es de los agresores.

Segunda lección: El violador no responde a la imagen clásica del hombre escondido en un portal oscuro.

Hay muchos violadores en aparentes buenas personas: buenos hijos, buenos maridos, buenos profesionales, buenos vecinos. El violador no necesariamente es un hombre que continuamente actúa de manera contraria al ordenamiento jurídico, y el hecho de que una persona denuncie a una persona sin antecedentes penales, o de una posición social normal,  no debe ser razón para que caiga en el descrédito.

Y desgraciadamente ocurre con frecuencia que, como ya se ha dicho, el monstruo ,a menudo, se esconde en la puerta de al lado. A veces viola; otras veces silencia la violación.

Tercera lección: Quizá no baste hablar de consentimiento.

Ya lo ha venido diciendo Clara Serra en su magnífico ensayo “El  sentido de consentir” (puedes encontrar la referencia aquí) donde se cuestiona qué es o como es el sexo consentido, sugiriendo con tremendo acierto que quizá no haya que prestar atención sólo a la voluntad sino y también al deseo, dando entrada a cuestiones tales como los malentendidos y/o errores.

 

 ¿Y qué nos ha recordado el caso Pelicot?

 Primer recuerdo: Que la violación no es una cuestión de tiempo.

¿Es necesario contabilizar el tiempo transcurrido durante el ultraje para poder hablar de violación?. No, no es necesario.

Segundo recuerdo: La familia no es un lugar seguro para muchas mujeres y niños.

Quienes nos dedicamos al derecho penal somos plenamente conscientes de ello. Sin embargo,  aún existen personas que creen que el reducto familiar es ese lugar sagrado donde nunca sucede nada. Lo dijo un familiar de la Sra. Pelicot durante el proceso al  explicar por qué no advirtió nada de lo que sucedía en su casa: “no puedes imaginarte lo inimaginable”.

Tercer recuerdo: La “ley del sí es sí”, (hablé sobre ella aquí)  situó a nuestro país en una posición aventajada en la persecución de  los delitos contra la libertad sexual.

En España se vertieron ríos de tinta para criticar la aprobación de la Ley Orgánica 10/2022 conocida como la ley del solo sí es sí. Pues bien, quien sabe si el caso Pelicot (al modo que sucedió en España con el caso de la manada)  será el que permita la introducción del consentimiento en el código penal francés. En España, ese paso ya lo hemos dado.

Esa reforma era necesaria. La referencia expresa en la norma sobre qué es el consentimiento y la necesidad de su expresión, evita que se acuda a cualquier recurso para definirlo o cuestionar su existencia.

 

Las violaciones de Mazán posiblemente serán un punto de inflexión (o un paso más en la conciencia social de la existencia de un problema real). Pero no nos confundamos; Gisele Pelicot merece todo nuestro reconocimiento, pero también todas y cada una de las mujeres que han sobrevivido a la violencia sexual, y que no han respondido como ella. No olvidemos que cada mujer vive en un contexto diferente, y  cada una responde a una serie de condicionantes de naturaleza personal que nada tienen que ver con los de la Sra. Pelicot, , con vulnerabilidades distintas y por tanto con capacidades de reacción diferentes.

No todas las mujeres saben o pueden actuar con la entereza de Madame Pelicot. No por ello les quitemos o no reconozcamos su dignidad.

La Sra. Pelicot es una víctima, pero también lo puede ser  una prostituta, una mujer que pasea en minifalda por la noche, o una que decide tomar una copa de más al ir de fiesta, o una  que tiene varios amantes.

Ellas también son víctimas, aunque no se apelliden Pelicot, aunque no quieran dar su nombre, ni publicar su rostro.

No las olvidemos.

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